Tirada en la cama, por mi cabeza sólo pasaba una idea. Imaginaba la expresión de la persona del aseo ingresando en el cuarto, que quizá nos miraría con cierto horror.
Pero la realidad era que no, esa gente está tan acostumbrada a toda clase de cosas que ocurren en un hotel. Gemidos intensos, golpes, condones variados; fluidos y olores extraños. También objetos sexuales olvidados y quien sabe que otras cosas, por más que quisiera mi cabeza no me permitía imaginar ahora.
Mi cuerpo seguía agitado, aún no podía superarlo. Tú continuabas cubriendo tu rostro con la almohada desgastada, liberando aquel que por tu expresión parecía un muy buen orgasmo.
Ahí nos quedamos por varios minutos en la cama intentando recuperar el aliento...
"Habitación 113" eso decía la llave que te dio el hombre de recepción. Subimos las escaleras y pasamos por varios pasillos hasta llegar a la puerta con el número 113.
Era una habitación oscura. En la ventana había gruesas persianas color café. La cama, perfectamente tendida, cubierta con cobijas de colores opacos, bastante desgastadas ya. Junto a ella un taburete sexual. Para mi sorpresa, el baño tenía puerta. Nos acercamos a la mesa de junto que irónicamente tenía un letrero de prohibido fumar junto al cenicero.
-Apesta a cigarro.
Después de una parada rápida al baño nos fuimos directo a la cama. Apagando las luces, completamente a oscuras...
Recostada. Me deje llevar por la mezcla de sensaciones que me producía la excitación de tenerte en la cama y de mi vientre inflamado. Me levantaste el vestido rojo que traía puesto. Sentí tus dedos deslizarse bajo mi brasier, acariciando mis senos mientras besabas mi vientre.
Me puse de pie para quitarte la ropa. Lamiendo tus labios y desabotonando te la camisa. Arranque el cinturón de tus pantalones y te los quité lo más rápido que pude. Te tenía completamente desnudo, sólo para mí. No necesitaba la luz para mirarte, mis manos veían todo, cada milímetro de ti. Tomé tu pene erecto y muy caliente, lo lamí por todos lados, especialmente el glande. Lo introduje en mi boca, succionando, chupando te con vehemencia.
-¡Ah!
Escaparon los gemidos de tu boca.
Yo siempre había pensado que un buen oral era la cereza en el pastel del sexo. Así que tenerte en ese momento entre mis piernas era lo más rico. Me tomaste por las nalgas, apretando. La sangre escurría por mis labios. "Mm..." Que placer me provocaban tus orales, cuando me chupabas, como me comías con tanta pasión. El orgasmo no tardo en liberarse, relajando todo en mi.
La conexión corporal que teníamos se expresaba por si sola. Te detuviste al notar que había terminado. Te recostaste en mí, nos besamos, saboreando la sangre en tus labios. Teniéndote ahí, penetrándome lentamente.
Encima de ti. La sangre escurría por mis piernas, manchando tu pene, tu vientre. A nuestro paso un arroyo de sangre, sábanas, almohada, absolutamente todo. Parecía la perfecta escena del crimen, lo disfrutábamos con locura. Encima mío. Te apretaba las nalgas contra mi vientre. Rosando, acariciando y haciendo gemir a mi clítoris. Movimientos lentos, suaves, rápidos, duros... Paraste en seco eyaculando dentro. Un hilo de fluidos mezclados cayó cuando saliste.
La sensación más placentera que había tenido.
Pasado buen rato de estar tirados en cama, había sensibilidad en mi vagina y los labios: "que dolor tan rico".
El dolor era cada vez más punzante. Colocaste tus manos en mi vientre para generar calor.
Después de algunos minutos desperté del dolor. Reaccioné, sabía lo que pasaba.
-Estoy sangrando. El primero de varios, pensé.
Fui al baño. Al regresar, no me podía sacar la pregunta de mi cabeza.
¿Sería tan buena mi fantasía en la realidad así cómo en el sueño?
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