Eran las dos de la madrugada, la hora que denomine "la hora de los enamorados" en honor a varias noches, especialmente está. Llevábamos ya varios tragos entre la cena, "unas cuantas copas de vino no le caen mal a nadie" dijiste entre risas cuando nos dirigíamos a mi departamento...
En la cama, totalmente desnudos frente a frente. Acercaste tus labios a los míos delicadamente; los besos se sentían cada vez más intensos conforme el tiempo pasaba. Yo sujetaba tus caderas con fuerza mientras tus manos se encontraban entrelazadas en mi cabello, sujetándome firmemente.
Estábamos tan excitados. Nuestros sudores se mezclaban. La habitación se había perfumado de mi olor favorito, el nuestro; mezcla de olores, fluidos y el látex. Estaba perdida en aquel aroma cuando sentí tus dedos acariciar mis pezones, mis senos sensibles a tu tacto. El recorrido de placer continuó por mi pecho, mi vientre, ¡Oh! mis caderas; las tomaste y apretaste contra tu pene.
Venía la parte que más disfrutaba. Sentir que me penetrabas. Sentarme sobre ti y gozar del desliz de tu pene introduciéndose, acariciando "mis paredes" y sentirte totalmente dentro de mi. Luego, llorar de placer al ritmo de mis caderas golpeando tu pelvis. Entonces pasar al siguiente nivel, aumentando la velocidad del ritmo sin dejar de hacer nuestra música. El deleite del rose de mi clítoris con tu pene, y sobre todo, el calor fusionándose haciéndonos uno...
Entonces venía la parte que más disfrutaba, cuando de pronto un "más duro por favor" me hizo frenarme. Todo el edificio lograba escucharlos, la pareja del 306 retumbaba las paredes con sus gemidos. Y yo, yo simplemente había perdido la inspiración como para poder continuar mis fantasías sexuales...