Cuatro paredes negras me rodean en está mañana fría,
¿O eran blancas?
La verdad es que ya no comprendía.
Ha pasado mucho tiempo ya desde la última vez que vi la luz del sol, mi piel se volvió blanca, pálida. Ya no podía mirarme al espejo. El cadáver de en frente me asustaba.
Hace unas semanas, ya no recuerdo bien el día, en una de las paredes había una ventana. Era imposible no darse cuenta, los rayos del sol intensos cegaban mis ojos. Tuve que cubrir mi frente con la mano para ver exactamente de qué se trataba. Pues sí, era una ventana.
La abrí para salir al jardín que se encontraba de aquel lado. Había rosas plantadas, tulipanes de diferentes colores, algunos girasoles y otras flores que no conocía. El olor a hierba mojada me produjo una sonrisa; que fresco pensé yo. A pesar del ruido de pájaros y el sol quemando mi piel, decidí seguir caminando entre los árboles.
Pasados varios minutos, bajo un árbol de jacarandas me encontré con un joven, quien me regaló una sonrisa amigable. Estiró la mano para tomar la mía, luego me apretó cálidamente entre sus brazos. Comenzamos a bailar...
Mi pecho se sentía acelerado, me sudaban las manos. La parte izquierda del cuerpo, mi corazón, me dolían intensamente. Mi respiración se cortaba con frecuencia, se volvía más difícil respirar. Pequeñas pulsaciones de dolor aparecían en mi estómago, en mi vientre; la ansiedad aumentaba.
Di vueltas sobre la cama por largo rato, poco a poco me volvía consciente. Abrí los ojos y me quedé observando el techo por unos segundos, ¿segundos? Me senté en medio de la cama rodeada. Rodeada de cuatro paredes. La pared de la ansiedad, de la tristeza, de la soledad y del miedo. Otra vez las mismas cuatro paredes, el sueño de todos los días.
¿O era la realidad?
