¡Feliz año nuevo!
Te amo con toda mi alma.
Te mando un abrazo fuerte, a la distancia. Espero que tengas una bonita noche.
¡Feliz año nuevo!
Te amo con toda mi alma.
Te mando un abrazo fuerte, a la distancia. Espero que tengas una bonita noche.
Una noche solitaria dos jóvenes se brincan la barda de un panteón medio abandonado que se encuentra junto a un bosquesillo.
¿Esperaban ver fantasmas?
No sabían con exactitud para qué habían ido, pero preparados estaban, en la mochila con un par de cervezas para los "sustos" y también una manta para soportar el frío de aquel viernes.
Caminaron entre las tumbas leyendo nombres, fechas, mirando adornos peculiares y uno que otro amarre a medio enterrar. La mayoría de las tumbas ya eran viejas, llenas de tierra y flores secas, aunque aún había varias que se notaba seguían siendo visitadas.
Junto a la reja oxidada de la entrada había un pequeño cuarto de vigilancia donde prácticamente vivía el velador del panteón. Este bebía todos los fines de semana sin falta, invitaba a los amigos de siempre y bebían al son de una partidita de domino sobre una mesa improvisada de botes viejos.
Siguieron caminando, con cerveza en mano y los pelos de punta, sea por el miedo o por el frío que hacía. Después de algunos tropiezos y carcajadas, encontraron la sección más olvidada. Las tumbas eran de pura tierra, sin lápida, contaba con menos iluminación que otras zonas y se notaba su abandono por el tamaño del pasto crecido que invadía el lugar. Ahí acamparon un rato, no precisamente por gusto, era el alcohol que ya les había pegado. Estaban borrachos y debían esperar a que se les bajara.
Al cabo de un tiempo platicando, sin nada más que decirse, se quedaron rodeados de un silencio incomodo. Se miraron a los ojos y sin pensarlo Fernando le propuso un beso "para ver que se sentía".
Ricardo se quedo pensando un segundo, segundo que parecía eterno. Sin titubear, coloco su dedo en los labios de su amigo para comprobar la suavidad de estos y lo bien humectados que se encontraban a pesar del viento frío.
Sin más rodeaos, se besaron...
Fue uno de esos besos largos, Ricardo lo sujetó del cuello mientras Fernando, dejándose llevar lo tomó por la cintura. El ambiente los envolvía con tal excitación de dos amantes que se han reencontrado después de años. Sus besos sabían a miel, manzana, mandarina, una explosión de sabores dulces y ácidos que no quieres dejar de probar, de esos que quedan marcados en la piel.
Ricardo paró de repente para lamerle su cuello, acariciarlo. Quería ir más allá de sólo un beso, estaba listo para avanzar.
De pronto el crujir de las hojas secas los hizo separarse abruptamente. "Quizá sea el vigilante", dijeron en voz baja. Salieron disparados por la adrenalina y apenas si lograron escapar.
Se fueron adentrando al bosque hasta encontrar un lugar lo suficientemente alejado. Colocaron su manta en el piso y se recostaron, mirando las estrellas.
Deseaban continuar con lo que habían tenido que pausar, pero no se atrevían, fingían prestar atención al imponente cielo.
Por fin Fernando se atrevió a dar el paso. Se acomodo de lado, situó su mano en la camisa de Ricardo, desabotonándola. Una fugaz mirada de complicidad dio a relucir.
Acarició su pecho con el dedo índice, recorriendo su cintura, caderas, su vientre, ahí reposo sus labios fugazmente. Desabrocho sus pantalones, los bajó hasta las rodillas. Jugando con sus testículos, suavemente los apretó y lamió, acariciando su entrepierna. Pasaba su mano por todo el pene, con movimientos lentos de arriba a bajo. Lo sujetó para chuparle la punta e introducirlo a su boca.
Una risa de placer se soltó de la boca de Ricardo para esfumarse en el aire. Esa chispa placentera recorría su cuerpo, haciendo que se dejara llevar más y más. Eso lo impulsó a empujar su pene contra la boca de su amigo, lo más al fondo posible, abarcando todo a su paso...
Para su sorpresa, eyaculó tan sólo unos minutos después. El semen escurría por los labios y eso lo excito aún más. Fernando se puso boca abajo, como leyendo la mente de su amigo, prediciendo lo que venía.
Ricardo le bajó los pantalones torpemente, la excitación no lo dejaba coordinar bien. Entonces le abrió las piernas y nalgas, dejando al descubierto su ano.
No estaba seguro de por donde debía comenzar, pero no quería detenerse, tenía unas ganas feroces, quería penetrarlo.
Lamió al rededor del ano con la punta de su lengua, en ese momento Fernando dio un brinco involuntario con todo su cuerpo al sentir el placer que eso le producía.
Las frías manos de Ricardo recorrían su espalda, cada parte de él...
El calor de sus cuerpos desnudos había desplazado al frío de aquella noche. Calor que jamás olvidarían.
A la mañana siguiente, despertaron con el sol quemando su rostro. Observaron su desnudez con una sonrisa incapaz de borrarse. Entonces se vistieron apresuradamente y se fueron.
Al llegar a casa, Ricardo miró la fotografía que habían tomado en el panteón con cerveza en mano. La publicó en su instagram etiquetando a Fernando, con la frase "Aventuras en el Cementerio" seguido de un emoji de fantasma.
Se dice que el invierno es muy duro, genera depresión en las personas, arrasa con nuestras emociones. La luz de los días se pierde, ya no hay calor que nos reconforte. Los colores se pierden, opacan; gris, gris y más gris.
Las almas solitarias andan por la calle, perdidos, corriendo para llegar al trabajo.
Yo me encuentro sentada en la banca del kiosco. Los miro sin parpadear, muda, perpleja...
¿Qué si me voy a levantar? Suena una voz en mi cabeza.
Aún no lo sé, sigo esperando que pasé el invierno. Me ha devastado, no tengo fuerzas, mi ánimo se esfumó y hace cada vez más frío.
¿Qué si me voy a levantar? Vuelve a sonar aquella voz en mi cabeza.
Estoy sola y el frío cala hasta los huesos. Sigo esperando que pasé el invierno. Me ha devastado y apenas va comenzando...