Siete meses ya, del despertar del mundo onírico. Abrí los ojos con pánico. Tenía el pecho agujerado profundamente. Las gotas de sangre manchaban mi cuerpo. Mis brazos y piernas no se movían. Respirar se volvía complicado. Era yo como un perro atropellado.
Ya no importaba si comía. No tenía razones para sentir mi cuerpo y moverlo. Imposible salir a la calle.
Aquel dolor. Dolor que desgarra el alma. Dolor que me abraza y aprieta al punto de sofocarme. Dolor que no se atreve a dejarme...
Cada mañana es diferente. A veces puedo moverme, hablar con la gente recorriendo la calle. Otras despierto tirada en la cama, pidiendo misericordia para una muerte próxima.
De nada sirve una vida sin vida. De nada sirve una vida sin baile...
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